Cómo saber si un niño tiene TDAH: señales en casa y en el colegio

Cómo saber si un niño tiene TDAH: señales en casa y en el colegio

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Que un niño se distraiga, pierda cosas, hable mucho o tarde una eternidad en terminar los deberes no significa automáticamente que tenga TDAH. Durante la infancia, la atención, la organización y el control de los impulsos siguen madurando. Hay días malos, etapas más movidas y conductas que, vistas de forma aislada, dicen bastante poco.

La sospecha aparece cuando deja de tratarse de anécdotas sueltas. Lo que orienta hacia un posible TDAH es un patrón que se repite: dificultades de atención, impulsividad o nivel de actividad que se mantienen en el tiempo, resultan poco esperables para la edad del niño y empiezan a interferir en su vida cotidiana. A veces se nota primero en clase. Otras, en casa. Y en bastantes ocasiones cada entorno muestra una parte distinta del problema.

Las señales sirven para decidir si conviene mirar más de cerca lo que está ocurriendo. No sirven para diagnosticar por cuenta propia. Para eso hace falta valorar el conjunto, incluida la información de la familia, del colegio y de otros contextos relevantes.

¿Cómo saber si las señales pueden estar relacionadas con TDAH?

No existe una conducta que, por sí sola, permita decir que un niño tiene TDAH. Tampoco tiene demasiado sentido sumar comportamientos de una lista y decidir a partir de ahí.

Un niño puede olvidar un cuaderno porque esa mañana iba con prisas. Puede levantarse varias veces mientras hace los deberes porque está cansado. Puede desconectar durante una explicación porque el contenido le cuesta o porque ese día está especialmente preocupado. El contexto importa.

La cuestión cambia cuando situaciones parecidas empiezan a repetirse y forman un patrón reconocible. No pesa igual perder un lápiz una vez que olvidar materiales con frecuencia, dejar actividades a medias, necesitar que le recuerden continuamente lo que debe hacer y mostrar dificultades similares en otros entornos.

Hay cinco preguntas que suelen ordenar bastante bien la situación:

  • ¿Desde cuándo ocurre? Un cambio reciente no se interpreta igual que una dificultad que lleva meses presente.
  • ¿Con qué frecuencia pasa? Los despistes ocasionales forman parte de la infancia. La repetición constante es otra cosa.
  • ¿Es esperable para su edad? Un niño de seis años y uno de doce no pueden medirse con el mismo nivel de autonomía o autocontrol.
  • ¿Dónde sucede? Casa y colegio tienen exigencias diferentes.
  • ¿Qué consecuencias está teniendo? Aprendizaje, convivencia, relaciones, autonomía y bienestar ofrecen pistas más útiles que una simple etiqueta.

Hay otra cuestión que a veces pasa desapercibida: cuánta ayuda necesita para hacer cosas que, por edad, debería ir resolviendo cada vez con más autonomía.

Las señales suelen aparecer en tres áreas distintas

En el TDAH suelen agruparse las dificultades en torno a la atención, la hiperactividad y la impulsividad. Esta división ayuda a ordenar comportamientos, pero no todos los niños presentan las tres áreas del mismo modo.

Algunos llaman la atención porque se mueven mucho. Otros son tranquilos y lo que termina preocupando son los olvidos, la desorganización o el esfuerzo que necesitan para seguir una actividad hasta el final.

Dificultades de atención

Puede costarles mantener el hilo cuando una tarea exige atención durante un rato. Empiezan algo y lo dejan a medias, necesitan que se les repita una instrucción que acaban de escuchar o pierden parte de una explicación porque su atención se ha ido a otra cosa.

La organización también da pistas. Preparar la mochila, recordar qué material hace falta o seguir una secuencia de varios pasos puede requerir mucha más supervisión de la que cabría esperar.

Conviene no caer en una idea demasiado simple: tener dificultades de atención no significa no poder concentrarse nunca. Un niño puede estar muy pendiente de una actividad que le interesa y, en cambio, desconectar con rapidez ante una tarea larga, repetitiva o que exige esfuerzo sostenido.

Hiperactividad o inquietud

La hiperactividad no equivale a ser un niño con mucha energía.

Puede verse en la dificultad para permanecer sentado cuando toca hacerlo, en la necesidad constante de tocar objetos, cambiar de postura o levantarse una y otra vez. A veces es muy evidente. Otras se manifiesta de una manera más discreta.

Más que fijarse solo en cuánto se mueve, interesa mirar qué ocurre alrededor. Si el adulto tiene que intervenir continuamente, si el niño no consigue terminar determinadas actividades o si esa inquietud termina generando conflictos, el comportamiento adquiere otro peso.

Impulsividad

Aquí suelen aparecer dificultades para esperar.

El niño puede contestar antes de que termine una pregunta, interrumpir conversaciones, adelantarse a los turnos o actuar rápidamente y pensar después en las consecuencias. Esto puede acabar provocando roces con hermanos, compañeros o adultos aunque no exista intención de molestar.

Un episodio aislado aporta poca información. Lo que interesa es si estas situaciones se repiten y terminan interfiriendo en el día a día.

Señales que pueden observarse en casa

El hogar ofrece escenas que en el aula no existen: vestirse por la mañana, preparar una mochila, recoger, seguir varias indicaciones seguidas o hacer deberes cuando ya se está cansado. Ahí se ve bastante bien cómo maneja el niño la atención, la organización y el autocontrol.

Una cuestión útil es no quedarse solo con “tarda mucho”. A veces lo relevante es entender por qué tarda.

Puede empezar a vestirse, distraerse con un juguete, cambiar de actividad y necesitar varios avisos para volver a lo anterior. Puede empezar a preparar la mochila, guardar dos cosas, marcharse a otra tarea y olvidar el resto.

Con los deberes ocurre algo parecido. Hay niños que comprenden perfectamente lo que tienen delante, pero necesitan una supervisión casi continua para no perder el hilo. Otros comienzan varias cosas a la vez, se levantan repetidamente o pierden el material que acaban de utilizar.

También pueden aparecer dificultades para esperar, escuchar una indicación completa o no interrumpir una conversación.

Hay un detalle que conviene mirar con cierta calma: la cantidad de apoyo que necesita para que la rutina funcione. Si la mañana sale adelante porque un adulto recuerda cada paso, prepara los materiales y reconduce continuamente la atención, ese apoyo puede estar ocultando una dificultad de autonomía que no se aprecia a primera vista.

Qué puede observar el colegio

En el colegio cambian bastante las reglas del juego. Hay horarios, instrucciones dirigidas a un grupo, tareas que deben terminarse dentro de un tiempo y momentos en los que cada alumno tiene que gestionar sus materiales con menos ayuda individual.

Por eso algunas dificultades aparecen allí con más claridad.

Un profesor puede observar que el niño empieza ejercicios pero deja varios incompletos, pierde parte de una explicación o vuelve a preguntar qué debe hacer justo después de haberse dado la instrucción. En otros casos lo que se repite son los olvidos de libros, agenda, deberes o material.

La inquietud puede verse al levantarse con frecuencia, manipular objetos continuamente o hablar en momentos en los que se espera silencio. Si predomina la impulsividad, quizá responda antes de tiempo o interrumpa a otros compañeros.

No todos los niños generan problemas visibles en clase. Algunos son tranquilos, no molestan y mantienen notas aceptables, pero trabajan con lentitud, pierden información durante las explicaciones o dependen mucho de los recordatorios.

Sacar buenas notas no descarta por sí mismo una dificultad. A veces el niño compensa gracias a sus capacidades, al apoyo familiar o al esfuerzo que hace fuera del aula.

Por eso una conversación con el tutor aporta información incluso cuando el rendimiento académico no parece preocupante.

TDAH en casa y en el colegio: cómo comparar las señales

La misma dificultad no tiene por qué verse igual en dos entornos distintos. De hecho, esperar una copia exacta del comportamiento entre casa y colegio puede llevar a conclusiones equivocadas.

DificultadEn casa puede verse como…En el colegio puede verse como…
Mantener la atenciónEmpieza una rutina y cambia de actividad antes de terminarlaPierde parte de una explicación o deja ejercicios incompletos
Seguir instruccionesNecesita varios recordatorios para completar lo que se le ha pedidoOlvida alguno de los pasos de una actividad
OrganizaciónPierde objetos o tarda mucho en prepararseOlvida libros, agenda, material o deberes
ImpulsividadInterrumpe conversaciones o responde precipitadamenteHabla sin esperar turno o interrumpe a compañeros
InquietudTiene dificultad para permanecer sentado en algunas rutinasSe levanta con frecuencia o manipula objetos continuamente

La tabla sirve para reconocer patrones, no para establecer un diagnóstico.

Además, el nivel de apoyo cambia mucho la imagen que vemos. Si en casa nunca olvida la mochila porque alguien la revisa todas las mañanas con él, eso no demuestra que se organice bien de forma autónoma. Quizá la dificultad aparezca con claridad en el colegio, donde tiene que hacerse cargo de sus cosas.

También puede suceder lo contrario. Un aula muy estructurada, con instrucciones claras y rutinas predecibles, puede ayudar a que el niño funcione razonablemente bien durante la jornada. En casa, con menos estructura o después de muchas horas de esfuerzo, pueden aparecer más problemas.

La comparación tiene sentido cuando miramos qué exige cada entorno y cuánta ayuda necesita el niño para responder a esas exigencias.

¿Y si en casa y en el colegio ven cosas distintas?

Es una situación que genera bastantes dudas. Si en casa preocupa mucho el comportamiento del niño y desde el colegio dicen que no ven nada especialmente llamativo, es fácil pensar que una de las dos partes está equivocada.

No tiene por qué ser así.

Casa y colegio no plantean las mismas demandas. Cambian los estímulos, las normas, la forma de dar instrucciones, la supervisión y el cansancio acumulado.

En casa puede haber más acompañamiento individual. El niño recibe indicaciones directas, alguien le recuerda lo que falta y las rutinas se adaptan con cierta flexibilidad. En clase, en cambio, tiene que seguir instrucciones dirigidas al grupo y funcionar con mayor autonomía.

También hay niños que mantienen un esfuerzo considerable durante la jornada escolar y se muestran mucho más desorganizados o irritables al llegar a casa.

Que una dificultad aparezca claramente en un contexto y apenas se observe en otro no confirma ni descarta por sí solo un TDAH.

Cuando las versiones no coinciden, interesa cambiar la pregunta. En vez de decidir quién tiene razón, conviene averiguar qué cambia entre un entorno y otro: si hay más supervisión, si las tareas son diferentes, si el nivel de estructura varía o si las dificultades aparecen en momentos muy concretos.

¿Es TDAH o simplemente es un niño despistado o inquieto?

Esta es una de las preguntas más difíciles porque no existe una frontera marcada por una conducta concreta.

Todos los niños olvidan cosas. Todos se distraen. Hay tardes en las que terminar los deberes parece una misión interminable y momentos en los que esperar turno cuesta más de la cuenta.

La diferencia aparece cuando miramos el conjunto.

Perder un lápiz de vez en cuando es un despiste. Olvidar material con frecuencia, dejar tareas sin terminar, necesitar recordatorios constantes para organizarse y presentar problemas similares en clase dibuja un patrón distinto.

Puede ayudar hacerse estas preguntas:

  1. ¿Desde cuándo sucede? Una fase breve y una dificultad mantenida no significan lo mismo.
  2. ¿Con qué frecuencia ocurre? Lo ocasional pesa menos que algo prácticamente cotidiano.
  3. ¿Es esperable para su edad? Muchas habilidades de organización y autocontrol siguen madurando durante años.
  4. ¿En qué situaciones aparece? Un problema limitado a un único contexto obliga a mirar qué está pasando allí.
  5. ¿Qué está provocando? Aprendizaje, autonomía, convivencia y relaciones suelen dar respuestas más útiles que contar síntomas.

No hay una cifra mágica. La repercusión diaria y la cantidad de ayuda que necesita el niño cuentan mucho.

¿Puede tener TDAH aunque no sea hiperactivo?

Sí. La hiperactividad visible no está presente de la misma manera en todos los niños.

En algunos predominan las dificultades para mantener la atención, organizar materiales, recordar instrucciones o terminar actividades. Pueden ser tranquilos, discretos dentro del aula y poco conflictivos.

Precisamente por eso estas dificultades pueden tardar más en llamar la atención.

A veces se hacen evidentes cuando aumentan las exigencias escolares: hay más asignaturas, materiales que gestionar, deberes que requieren planificación y exámenes que ya no pueden prepararse improvisando el día anterior.

Usar “¿es hiperactivo?” como único filtro puede dejar fuera dificultades relacionadas con la atención y la organización que también merecen ser valoradas.

No siempre es TDAH: hay otras explicaciones posibles

La falta de concentración, la inquietud o la desorganización no pertenecen exclusivamente al TDAH.

Dormir mal puede afectar a la atención durante el día. La ansiedad puede hacer que un niño parezca distraído porque está pendiente de sus preocupaciones. Una dificultad de aprendizaje puede provocar rechazo, lentitud o desconexión ante determinadas tareas.

También influyen el momento madurativo, circunstancias emocionales y otras dificultades del desarrollo.

Esto no significa que haya que ir buscando diagnósticos alternativos ante cada despiste. Significa algo bastante más sensato: antes de atribuir una conducta al TDAH conviene entender qué está pasando alrededor del niño.

Si las dificultades han aparecido de repente después de un cambio importante, ese dato merece atención. Si solo ocurren cuando tiene que leer o escribir, también. Lo mismo si coinciden con problemas de sueño o con un periodo emocional complicado.

Una valoración profesional sirve, entre otras cosas, para ordenar esa información y evitar conclusiones demasiado rápidas.

Qué conviene observar antes de consultar

No hace falta convertir la vida familiar en un registro permanente de fallos, despistes y conductas. Eso acabaría siendo agotador y, además, aportaría poca claridad.

Es más útil llegar a una consulta con algunos ejemplos concretos. “Es muy distraído” dice poco. “Empieza los deberes, a los pocos minutos se levanta y necesita varios recordatorios para volver a la tarea” describe bastante mejor el problema.

Una forma sencilla de ordenar lo que observáis es separar cuatro cosas: qué ocurre, cuándo ocurre, dónde ocurre y qué consecuencias está teniendo.

Qué ocurre exactamente

Intentad describir la conducta antes de interpretarla.

“Necesita que le recuerden cada paso para prepararse por la mañana” aporta más información que “es muy desorganizado”.

Cuándo ocurre

Puede aparecer durante los deberes, al vestirse, al leer, en actividades largas o cuando está cansado.

También interesa saber cuándo no sucede. Esa excepción puede dar tanta información como el problema.

Dónde se observa

Casa, colegio y actividades extraescolares plantean demandas distintas. Las diferencias entre esos entornos ayudan a entender mejor el patrón.

Qué consecuencias está teniendo

Aquí conviene ser concreto.

¿Necesita supervisión casi continua? ¿Las tareas se alargan mucho? ¿Hay conflictos frecuentes? ¿Está perdiendo autonomía? ¿Empieza a afectar a la relación con otros niños?

Hablar con el tutor puede completar bastante la imagen. Es preferible preguntar por situaciones concretas que quedarse con frases generales como “se despista mucho” o “es muy movido”.

Cuándo conviene pedir una valoración profesional

Pedir una valoración no significa decidir de antemano que vuestro hijo tiene TDAH. Precisamente sirve para evitar llegar a esa conclusión demasiado pronto.

Suele tener sentido consultar cuando las dificultades llevan tiempo presentes, se repiten y empiezan a interferir claramente en alguna parte de su vida.

A veces lo primero que preocupa son las notas. Pero otras veces el colegio va razonablemente bien y el problema está en otro lugar: conflictos diarios durante las rutinas, dependencia constante del adulto para organizarse, problemas con compañeros, frustración al estudiar o un esfuerzo desproporcionado para hacer tareas cotidianas.

También merece atención cuando la familia y el colegio empiezan a señalar dificultades parecidas, aunque cada uno las describa con palabras diferentes.

Si vivís en Torrejón de Ardoz y estas situaciones están afectando al día a día de vuestro hijo, podéis consultar con Psicología Satori Torrejón para hablar sobre lo que estáis observando y valorar qué tipo de orientación profesional puede ser adecuada.

La primera pregunta no tiene por qué ser “¿tiene TDAH?”. A menudo es más útil empezar por otra: “¿qué está haciendo que esto le cueste tanto?”.

Preguntas frecuentes sobre TDAH infantil

¿A qué edad se puede empezar a sospechar TDAH?

Algunas dificultades pueden hacerse visibles desde edades tempranas, pero siempre hay que interpretarlas teniendo en cuenta el desarrollo del niño.

La atención, la planificación y el control de impulsos cambian mucho a lo largo de la infancia. Por eso una conducta que llama la atención a una edad puede ser bastante esperable a otra.

Más que buscar una edad exacta, conviene fijarse en la evolución, en la repetición del patrón y en cuánto está interfiriendo en su vida cotidiana.

¿Puede un niño tener TDAH y sacar buenas notas?

Sí. Las notas, por sí solas, no descartan dificultades de atención u organización.

Algunos niños compensan gracias a sus capacidades, al apoyo que reciben en casa o al esfuerzo que realizan. Otros mantienen un buen rendimiento durante los primeros cursos y empiezan a tener dificultades cuando aumenta la exigencia de autonomía.

Además de mirar la calificación final, merece la pena preguntarse cuánto tiempo, ayuda y esfuerzo necesita para llegar hasta ella.

¿Puede concentrarse durante horas en algo que le gusta y tener TDAH?

Sí. Que un niño se concentre mucho en determinadas actividades no descarta automáticamente dificultades de atención.

No todas las tareas exigen lo mismo. El interés, la novedad, el tipo de actividad y el esfuerzo requerido cambian mucho la forma en que mantenemos la atención.

Por eso una actividad especialmente atractiva no debería utilizarse como prueba para confirmar o descartar un problema.

¿Puede tener TDAH si no es hiperactivo?

Sí. En algunos niños predominan las dificultades de atención y organización, mientras que la inquietud motora apenas llama la atención.

Pueden ser niños tranquilos que olvidan materiales, pierden instrucciones, tardan mucho en terminar tareas o necesitan bastante ayuda para organizarse.

Al no generar problemas evidentes de comportamiento, estas dificultades pueden pasar más desapercibidas.

¿Cuándo debería preocuparme por los despistes de mi hijo?

Los despistes merecen más atención cuando dejan de ser ocasionales, llevan tiempo repitiéndose y empiezan a afectar a distintas áreas de su vida.

También conviene observar cuánta ayuda necesita para organizarse. A veces el problema no está en cuántas cosas olvida, sino en que solo consigue funcionar con una supervisión constante.

¿Qué pasa si solo tiene problemas en el colegio?

Hay que averiguar qué ocurre allí.

El colegio exige mantener la atención durante más tiempo, seguir instrucciones para un grupo, gestionar materiales y trabajar con cierta autonomía. Por eso algunas dificultades pueden aparecer allí antes que en casa.

Que el problema sea principalmente escolar aporta información, pero no sirve por sí solo para confirmar un TDAH.

¿Existe un test para saber si mi hijo tiene TDAH?

Los cuestionarios pueden formar parte de una evaluación, pero un test online aislado no permite establecer un diagnóstico.

Hace falta valorar la evolución de las dificultades, el desarrollo del niño, su funcionamiento en diferentes contextos y otras explicaciones posibles.

Una puntuación obtenida en internet puede orientar una duda, pero no debería convertirse en una etiqueta.

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